lunes, 4 de enero de 2016

Sueños, solo sueños son.

Al despertar vio que todo se había derrumbado. Los techos que ella misma había ayudado a construir estaban por el piso, hechos ceniza. Abandono por donde los ojos se posaban. Destrucción, guerra, lanzas y espadas.
Y se pregunto el porque. Y no supo contestarse.
A lo lejos se asomaba una tormenta. Rayos cegadores, truenos que acobardarían hasta al más bravo de los soldados.
Y ella tomó la espada más afilada y se preparó. No podía dejar las cosas así. No se huye de las peleas.

Y en ese momento, cuando nadie miraba, cuando cayó la primer gota de lluvia, la hoja de un árbol nació.

La mirada fría avistando al horizonte. Diluvio. No había parte de su cuerpo que no temblara. Una sombra se movió por entre las ruinas. No había nada que temer, ella sabia que miles de almas se posaban en su espada. La noche rugió en su mayor esplendor, la batalla comienza.
Ella cae. Pero no es un arma lo que la hace desplomarse, son palabras. Cada una como sal en una herida.
La tierra tiembla. Ella corre lo más rápido que puede. Tropieza con ese brote minúsculo y decide quedarse ahí. Y protegerlo a todo costo. Es todo lo que queda.
Se apagan las estrellas una por una. Oscuridad total.
Cuando ya no había mas nada por hacer, la hoja se transforma en rama y la rama en árbol. Y juntos brillan.
El resplandor es tan fuerte que ella abre los ojos y despierta.

Como si nada hubiese sucedido, ella apaga el despertador y comienza sus batallas reales.

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